domingo, 21 de octubre de 2007
MI JOVEN SÁTIRO
Tantas veces son ya...
Los sueños, los deseos.
Encuentros e inevitables desencuentros.
Pero, ¡qué fuerza, qué pasión!
Suavidad en su piel.
Ansia en su boca; fiereza en sus dientes.
Frescura, optimismo.
Sin embargo... Si un iluso hay, yo soy.
Seguir juntos.
Un minuto. Una hora, dos más.
Después de nuestra convulsión.
Mini tragedia, pequeña muerte:
eyacular.
Algo inusual.
En mis brazos, postcoitum, me contaba.
Pequeños y grandes secretos. Sueños.
De amantes confidencias.
Acariciaba yo su pelo, su pecho.
Se delataban, nuestros cuerpos.
Prestos al combate, nuevamente.
Dormir no importa.
El mañana tampoco.
El tiempo, el tiempo. Que huye.
Amantes de Verona, negando el amanecer.
Que, inexorable, llega.
Mi joven Sátiro,
¿dónde estarás ahora?
martes, 9 de octubre de 2007
EN UNA REUNIÓN
jueves, 4 de octubre de 2007
NO WORDS
Alone, in an unknown city.
Walking along, getting the pulse.
And he passes by, and looks.
Three steps, three seconds.
And looks again.
Can it be? Such a beauty ...
Me?
So I wait. He turns. Come back.
It must be the air, the smell.
The recent storm;
the botanic garden, the fumes.
Intoxicated, that must be.
But for once this is real.
"Take me home", I said.
Afraid of his lack of English;
Afraid of his answer.
"Nearby, I live. Come".
In five minutes, both naked.
No, cannot be.
This beauty, this latin lover.
Fair versus brown, the skin.
Soft touch, gentle arms.
Fury and passion, so sudden.
And the mouth, the lips.
What a kiss, how curious his tongue!
Very short eternity.
His slim muscles relaxed;
the curves of his body, exposed.
Tenderness, after crazy sex.
Real, can it be?
Why now, why here?
So far, so short.
Just a dream.
The garden fumes, the exotic plants.
A fantasy, that must be.
sábado, 15 de septiembre de 2007
Un albergue, unas duchas
Seis oportunidades.
Al fin aparece, una al menos.
En mi cabina, secándome, observo.
Joven, blanca piel.
Pocos más de veinte, tienen que ser.
Se desnuda lentamente;
me deleito mientras sueño.
Una mirada de soslayo. Otra. Una tercera.
Ocultando su delito, la incipiente erección.
Se inclina, tal vez se resguarda.
Pero me ofrece el peligro,
la blanca, suave curvatura de su cuerpo.
acaricia su nalga.
Él tiembla. Y posa su mana sobre la mía,
mientras un suspiro se escapa.
- ¿Primera vez?
Ojos que rehuyen, mirada nerviosa, un tenue sí.
- ¿Quieres ...?
Carraspeo, duda:
- No ... Sé ... Sí.
Cuerpos que se juntan,
Excitación, sin control. Preeyaculación.
El corazón, frenético.
El deseo... el peligro.
Se vuelve, se me ofrece.
descendiendo.
Exploro, horado con mi lengua.
Preparo el camino.
Sorprendentemente abierto, soñado mil veces tal vez.
mar y tierra, acantilado batido por la tormenta.
Acaricio su pecho, muerdo su cuello, le masturbo.
Demasiado para él, para mí.
Calor y humedad en mis manos.
Exhalación, sacudida sin control.
Lentamente, le empujo a su ducha; me meto en la mía.
Justo a tiempo.
el agua que resbala sobre su piel,
las gotas que rebotan.
Recuerdo su tacto, su olor.
Celos siento.
Deprisa, se seca, se viste.
Se marcha.
Del baño, del albergue. De mi vida.
Como siempre, el olor también.
viernes, 10 de agosto de 2007
Adriano
Ahora encuentran una estatua gigantesca de Adriano en Turquía. En unos baños, donde tanta sensualidad debió tener lugar. Muy apropiado.
Los baños ... romanos, árabes o turcos. Vapor y los sueños hechos de él. Jirones que desvelan misterios. O los sugieren. Miradas indiscretas, atenuadas por el calor, la languidez provocada por los súbitos cambios de temperatura. Hombres medio desnudos, en medio de otros hombres. Sombras buscando un destino, aunque dure éste cinco minutos...
Tal vez deberían dejar la gran estatua de Adriano en ese lugar. Tal vez, después de todo, sea el lugar más adecuado. Junto a otra de Antinoo.
martes, 7 de agosto de 2007
Prometí que nunca más
Insatisfecho, frustrado después de una experiencia totalmente irrelevante. Mecánica, inhumana. Sexo solo por el sexo. Ni siquiera tuvo calidad, perfección técnica. Aunque he de reconocer que sabía lo que quería. Directo, con posiciones bien estudiadas. Pero era él, era yo: no había "nosotros".
Ni un beso, ni una caricia. Nada, salvo una vacío mayor que cuando entré en su casa.
Y juré que nunca más, que no se repetiría semejante experiencia. Que prefería pasar sin sexo. O tenerlo solo.
Ni tres días tardé. No lo iba buscando. O casi no. Un paseo por el parque, en bicicleta. Tal vez quería ahogar el deseo en el esfuerzo físico. Tal vez quería saciar mi sed con la visión de la gente, de los cuerpos; los olores.
Sentado, leyendo, observaba de vez en cuando. Bien sabía yo que el peligro estaba ahí, que la tentación me buscaba. Pero fue él quien me miró, insistentemente. Fue él quien se acercó, sonriendo. Me tomó la mano tiernamente. Por unos instantes fuimos como adolescentes.
He de confesar que valió la pena. Más tarde, en casa, desnudos, nos entregamos. No solo fue sexo; mi piel todavía recuerda sus besos por todo mi cuerpo.
"Los hados lo dirán", respondí cuando me pidió otra cita. Creo que el recuerdo de este fugaz encuentro es suficiente.

