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domingo, 1 de noviembre de 2009

Inacabados

Miro algunos de los poemas escritos durante esos tres meses. Intensos, sí. Dolorosos; en ocasiones, pocas, exultantes.


Ya no significan nada ... casi nada. Quizás debiera decir que poco. O algo: un proyecto inacabado, como los poemas, como la novela. Una historia nueva deja atrás tu recuerdo, tu memoria. Te convierte, tan inesperado como llegaste, en una sombra. Difuminada, aun querida, pero relegada. Afecto, lo que queda, a pesar de tu abrupta despedida. Y la nostalgia de lo que siempre pensé que terminaría ocurriendo. Me equivoqué.

Ahora, doy la oportunidad a otro.

miércoles, 7 de octubre de 2009

La libélula

Delicioso programa de RNE:

"Nuestra pequeña anisóptera parece hoy más silenciosa que de costumbre, como si guardara un secreto inconfesable... o un as bajo las alas. La he descubierto revoloteando en la ciénaga de un mundo tenebroso, aunque la he reconocido inmediatamente. Ella quería mantener el misterio de que conocía aquella ciénaga, un lugar donde los rayos de sol no penetran jamás y la luna se ausenta cada noche para no molestar. Pero... ¿molestar a quién? A los amantes que se ocultan en las sombras, claro. La ciénaga es el refugio del amor oscuro y quienes se atreven a pisarla corren el riesgo de ser tragados por arenas movedizas .....

Gracias a mi amiga Chusa, que me ha enviado el enlace desde Marruecos.


sábado, 5 de septiembre de 2009

EN LAS BRUMAS TIROLESAS

(Fragmento de mi diario de viaje)


Tal vez tú, como yo, hayas deseado que también te hubiera ocurrido algo semejante, años atrás.

Baño turco del hotel, in el Tirol … nada fuera de lo común, salvo la ausencia de gente. Solo en el baño turco, veo pasar por el área común a un chaval. De hecho, estoy a punto de llamarle la atención, porque la zona de las saunas está restringida para adultos y es nudista. Sin embargo, completamente agobiado por la humedad, salgo del hamman y me meto en la sauna más calienta, dejando que él siga con sus quehaceres. Después de todo, estoy en una etapa zen: busco la felicidad y que no inoportunen. Sin embargo, después de un chapuzón en el agua fría y otra incursión a otra sauna, herbal en este caso, él, también desnudo, me sigue.

No le hubiera echado yo más de 14, incluso menos, de no ser por su corpulencia. Normalmente en una sauna cierro los ojos, dejo que mi memoria se abra y me traiga cualquier recuerdo o que mi imaginación vuele. Me pierdo en la bruma, en el calor asfixiante. Un nirvana instantáneo. Pero en esta ocasión, al ver que él me mira con disimulo, pero de manera insistente, me quedo algo perplejo. Estoy a punto de marcharme, no quiero problemas. Pero al final inicio una conversación: quiero, sutilmente, decirle que no debe hacer eso. A los pocos instantes me comenta que es un pinche del hotel, que está realizando prácticas, y que solo tiene quince años. Muy agradable, sorprendentemente seguro en su actitud, en sus palabras. Y curioso, porque sigue mirando de soslayo mi cuerpo desnudo, mientras oculta una incipiente erección bajo la reducida toalla.

Después de un rato, después de pedirle permiso para hacerle una pregunta personal, la lanzo directa a bocajarro: "¿Eres gay?".

"No sé", me responde. "El amor es entre personas, y hay que probar todo en esta vida. ¿Y tú?"

Tan sincero, tan directo. ¡Ojalá todo fuera tan simple!

Seguimos hablando. De su pequeño pueblecito en las montañas con 250 habitantes, de su deseo de ser chef, de sus dudas y deseos. Me pregunta cómo es el sexo entre hombres, o si un beso es diferente cuando se da a un chico o a una chica. Se le ve aislado, además de con problemas de imagen: cara angelical, pero con cierta obesidad que seguro le convierten en el centro de las invectivas de sus compañeros del instituto.

En un momento dado le digo que no debe mirar de esa manera a un hombre adulto. Que es una invitación a algo más y que al ser menor de edad sería abrir la puerta a problemas (en realidad la edad de consentimiento en Austria es catorce años). Que algún día, tarde o temprano, conocerá a alguien. Un hombre, una mujer, con quien iniciar una relación entre iguales. Que no hay prisa, que todo tiene su momento y su tiempo. Él, rápido en sus contraataques verbales, responde con otra pregunta: "¿Qué hubiera hecho yo de tener él veinte años?". Le replico que, de ser así, después de hablar un rato y de quedarnos claro que nos atraíamos, tal vez le hubiera invitado a tomar algo, o a mi habitación. Pero que en realidad daba igual, porque su edad prohibía cualquier posibilidad (no quiero que lo interprete por un rechazo por su físico). Y que en cualquier caso, la diferencia de edad es excesiva. En ese momento se sorprende al saber que le triplico de largo la edad, cuando él pensaba que tenía apenas diez más que él. No puedo evitar sonreír, una vez más, al ver que es tan naïve.

Le digo que es muy valiente por comportarse de la manera que lo hace. Que a su edad yo era muy tímido y jamás me hubiera planteado hacer una cosa así. Disfrutando de algo tan natural como una sauna (hetero, en un hotel familiar), aproximarme a un desconocido, mayor, buscando su experiencia, su paraguas protector. Solo el hecho de abrirse a la posibilidad de ser gay, siendo de una aldea aislada de los Alpes austriacos, me parece digno de elogio. Jamás he tenido una conversación tan franca con alguien de su edad. Verdaderamente gratificante.

Alargamos tanto la conversación, que a punto estamos de deshidratarnos ambos. A los pocos minutos de marcharse, me doy cuenta que le podía haber ayudado algo más. Que le podía haber dado mi dirección de correo, decirle que podía escribirme cuando quisiera, comentarme sus dudas, sus experiencias. Sus miedos, para recibir algún consejo sobre cómo superarlos.

Si yo hubiera tenido alguien que me hubiera dado un empujón cuando tenía su edad, que hubiera resuelto alguna de mis dudas, mi vida hubiera dado un vuelco.
Me hubiera evitado un gran mar de dudas, de incertidumbres. Pánico al que dirán, a sufrir erecciones en situaciones comprometidas, a mis propios sentimientos y deseos. Me hubiera ahorrado una gran número de justificaciones inútiles.

Lo máximo que me aconteció, que sufrí mejor dicho, fue el encuentro con un sesentón de aspecto descuidado que me pregunto, a mis inocentes 12, si quería hacerle una paja. Yo salí corriendo, despavorido, rojo de vergüenza, preguntándome por qué a mí, qué había visto en mí. Pero también huí excitado. No es la mejor manera de dar un primer paso en el sexo entre hombres.

Así que le deseo lo mejor al chaval. Espero que al menos haya pasado por una experiencia útil, directa, sin tapujos, noble diría; que le habrá enseñado, espero, que no hay que avergonzarse de nada. Que sus sentimientos, sus deseos, son tan válidos como los de sus compañeros de clase. Y tal vez algún día, él también tenga la oportunidad de devolver el favor a algún chiquillo confundido.






domingo, 31 de mayo de 2009

EL ESCORT


De lujo, verdadero lujo. Sin precio, pero cobraba. Cobraba, por banco. Sin embargo, después de repetir, me di cuenta que, además de adictivo, su cuenta era familiar. Una ONG.

Pensé que tendría cáncer. O HIV, a pesar de las garantías de la agencia. Como en aquella viaja película: noviembre.

Pero no. Solo tenía sus necesidades cubiertas, solo hacia uso de su libertad. Solo se regalaba a si mismo.

martes, 6 de enero de 2009

En un Hamman de Marrakech

(Fragmento de mi diario de viaje)


En el trayecto de regreso a Marrakech, después de días de trekking en el Atlas, empiezo a fantasear sobre el encuentro con mi soñado príncipe moro. Apenas presto atención al paisaje, tan perdido estoy yo en mi fantasía.

Mis compañeros y yo deambulamos por las calles de la medina, siempre próximos a la plaza principal. Pero después de comer decido marcharme solo, a buscar un hamman. Además de hedonismo, voy buscando estímulos diferentes a la compañía de mi grupo. Deambulo por la ciudad, preguntando, hasta que, después de haber sido expulsado de uno en horario femenino, doy con un chaval con un excelente inglés que, después de un intento infructuoso con un sitio para turistas, me presenta a un gancho. Éste me conduce a su vez a un hamman de verdad, para gente local (sitio en el que ya me había fijado yo, de pasada). A pesar de no estar preparado, y ser manifiestamente un robo, entro.

El masaje o el lavado en si mismos no son nada especial: escasos minutos de intenso dolor, de ardiente piel (a saber cuantos pasaron antes por ese guante de crin). La compañía es más interesante: hombres de mediana edad demorándose en su cuerpo, sistemáticos o tal vez voluptuosos; chavales preparándose para el sábado noche, o buscando allí una ¿nueva? experiencia; amigos disfrutando del agua y del calor, de su propia desnudez y honestidad expuestas sin pudor. Son éstos los que más me confunden y atraen. Al principio pienso que el más joven está contratado por los otros dos (y lamento mi suerte por no ser el mío). Pero luego los juegos, las bromas, los íntimos contactos mutuos dejan claro que son pariente o amigos muy próximos. Posiblemente amantes encubiertos, o al menos debieran haber descubierto los placeres del sexo juntos.

¡Que envidia! Por no estar entre ellos, por no compartir esos momentos. Mientras los observo de manera casual, tengo tiempo de fijarme en el entorno: la blancura impoluta de azulejos alicatando hasta la bóveda, las escasas aberturas en lo alto, que conceden la necesaria intimidad. Aunque no intencionada, probablemente, también la media luz para los juegos de desconocidos, de forasteros no solo de agua y limpieza necesitados. Los grifos de agua caliente, siempre abiertos, derramándola en los baldes; el flujo constante de éstos, de mano en mano, derrochando agua y guiando el deseos por pieles desconocidas. El calor y la humedad, sofocantes, que apenas me permiten pensar. Sólo sentir; lo único que permanece es el deseo. Las brumas invitan a la ensoñación, y yo, naïve, evoco a mi jeque moro.

Hasta que aparece un joven: alto, extremadamente musculoso a pesar de su delgadez, marcadamente moreno. Los rasgos, más que negroides, me recuerdan a los coptos, a los antiguos egipcios. Me mira de soslayo. No una, sino múltiples veces. Apenas un instante cada vez, nunca lo suficiente como para dejarme claro que él, como yo, busca también algo. ¿Qué piensa él? ¿Tal vez siente curiosidad por el extranjero? Luego me diría que creyó que era un fundamentalista, con mi apariencia árabe (probablemente mis antepasados semitas se manifiestan en más de un rasgo) y mi descuidada barba; por mi seriedad y distanciamiento, que no son más que el resultado de mi prudencia, mi reserva y de cierta timidez.

Le sigo de sala en sala, en un peregrinaje a diferentes temperaturas. Mas que por lujuria, por desconocimiento, pues el que ha sido mi guía en las costumbres del hammam marroquí, mi masajista, ha desaparecido. Los contactos visuales, esos breves puentes que pueden abrir o cerrar mundos, continúan, así como mi incertidumbre. Hasta que finalmente nos encontramos en la sala inicial, en donde otros hombres se desvisten o se arreglan después del reconfortante baño. Después de la charla, de las confidencias; del contacto de la piel contra otra piel, igualmente masculina.

Y mi guía, ahora sí, actúa no solo de cicerón a través del submundo local de Marrakech, sino, inadvertidamente, de celestino. Pues me habla en inglés, y con ello delata mi origen extranjero: muestra la libertad y la seguridad, la posibilidad.

Aun así mi bello marroquí persiste en su discreción. Las miradas alargadas en duración, nunca son manifiestamente invitadoras. Ni los espejos son nuestros ayudantes. El señor es el tiempo, la demora innecesaria en cada movimiento, ralentizado hasta el extremo: la toalla que pasa una y otra vez sobre el mismo músculo, que se coloca y recoloca sobre los genitales, sobre las piernas. Los suaves movimientos de éstas, para dejar expuestos sus atributos, su juguetón pene, que se bambolea, perezoso, en esa improvisada guarida.

Yo me seco, me desnudo completamente, pues dentro de la agobiante sauna no pude despojarme de mi ropa interior (el pudor marroquí domina). Me exhibo brevemente. Me pongo a la venta, muestro todas mis cartas, antes de continuar con el ritual de la lenta vestimenta.

No, no hay señal clara. No hay un tocamiento, una mirada lasciva, una erección incipiente. Y aunque en cualquier otro sitio estaría seguro de este secreto cortejo, comienzo a darme por vencido; termino de vestirme, acompasandome a su ritmo, no queriendo desaprovechar esos últimos momentos, esa ultimas oportunidades.

Una propina a mi masajista, y salgo tras mi fibroso moreno. Su paso, lento, delata que me espera. Callejeamos juntos por la medina, en una persecución inconstante en la que a la menor oportunidad el perseguidor se convierte en caza. Aun así, mi perplejidad aumenta, pues no atisbo ni una mirada, ni una sonrisa.

Ya en una calle principal se sienta en un café. Yo, tal vez agotado de la tensión o del hamman, me dejo caer, decepcionado, en un banco de piedra del cercano parque. Y para mi sorpresa, dejando su bolsa en la silla, viene a mí, directo, para invitarme a un café, a charlar: en francés, en inglés, en las pocas palabras de español que conoce. Y mientras tomamos a pequeños sorbos un caliente té, nos contamos, nos preguntamos, nos miramos directamente, por fin. Juntamos breve, sutilmente, nuestras manos mientras le doy fuego y él aspira una calada de un cigarrillo. Y nos percatamos de la imposibilidad de un encuentro más íntimo. Ni en su pensión ni en mi hotel: no hay posibilidad.

Le señalo mi pantalón, el persistente bulto que delata mi erección, más evidente e incomoda al haberme quitado el húmedo slip. Él, azorado, mira a su vaso, cambia la conversación. Me habla de sus proyectos, de sus viajes a Paris buscando libertad. Discutimos sobre Oriente y Occidente, sobre igualdad y la avanzada legislación española. Me sorprenden sus puntos de vista: un homosexual automarginado. Supongo que no puedo llegar a entender lo que es ser gay en una sociedad tan machista, tan segregada, tan conservadora; sabiendo que con solo cruzar el estrecho se cambia de milenio. Lo difícil que debe ser mantener la dignidad.

Me invita a ir con él una semana a su ciudad, pues él, como yo, parte al día siguiente. Tendremos que esperar. Y nos prometemos, aunque ambos, experimentados en estas lides, sabemos que no ocurrirá, escribirnos; continuar la conversación desnudos, en una cama. Culminar el sueño, la evocación en la bruma del hamman. Desaparece en la oscuridad de la alameda, según se aleja hacia el parque de la mezquita. Ese parque que no ha querido explorar conmigo ... como apareció, sí, la evocación en la bruma del hamman.

miércoles, 23 de enero de 2008

Horas después

Horas después sigo pensando en él. En su sonrisa, tímida. En su piel, ligeramente tostada. El encantador acento francés, al hablar en español e inglés. En la fácil comunicación. En el deseo contenido, en la promesa insatisfecha.

Tal vez sea la fruta prohibida. La distancia, su compromiso. Los requerimientos de mi propia vida. Pero no puedo dejar de imaginar cómo será el contacto de su piel, a qué sabrá; cómo serán sus besos. Cómo me sentiría al morder su cuello, sobre su espalda.

Tal vez sea la necesidad de llevar una vida como la suya, con familia, con pareja, lejos de otro tipo de ataduras. O quizás es su juventud, las posibilidades que a mí ya comienzan a escapárseme.

"Mañana", nos dijimos al despedirnos, sabiendo que el mañana no existe, que las oportunidades se desvanecen con la despedida de la noche.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

LAS VELAS ARRIADAS SE VEN DESDE LA AKROPOLIS

No podía faltar otra imagen famosa, otro fresco de una tumba, la del nadador. Una de las pocas pintuiras griegas que han sobrevivido. Proviene de la necrópolis de Poseidonia (Paestum). Aquí ya no hay duda del verdadero significado de la imagen.

En la actualidad el fresco ha sido restaurado, con colores vívidos. Como el amor y la pasión de esta pareja en un banquete.




LAS VELAS ARRIADAS SE VEN DESDE LA AKROPOLIS

Ya las naves llegan al puerto.
Y sus velas blancas, arriadas, provocan preguntas.
Ya avistan los polícromos templos,
las columnas egregias que cantan las glorias de los helenos.



Marineros, con su último esfuerzo, sonrien.
Pues traen historias de bárbaros pueblos lejanos. Y riquezas.
O tal vez nuevas de la brillante Atenas,
Y nuevas tragedias de Sófocles. O comedias, filosofias, sueños de piedra.



Mujeros preguntan si regresan sus hombres.
Viejos sufren por la suerte de sus hijos.
Hombres maduros, temerosos por la constancia del joven amante,
que, insaciable de aventura, no quiera volver a su lado.



Yo, en la Akrópolis, no dudo.
Sé que él vuelve a mí,
porque mi regazo en su refugio.

Amor desde la eternidad


Los frescos conservados en su común tumba nos sugieren algo mas que una simple amistad, probablemente a pesar del entorno. El que vivieron en el antigue Egipto y el actual. Nyankh Khnom y Khom Hotep, dos peluqueros del faraón Nyuserra (aproximadamente en el intervalo 2500-2350 antes de nuestra era), nos recuerdan, una vez más, que el amor es entre personas. Transitorio o eterno, digno siempre.

viernes, 10 de agosto de 2007

Adriano

Sin duda, un personaje fascinante. Novelado de manera excepcional en el libre de Marguerite Yourcenar. La historia de amor con Antinoo me ha hecho soñar, me ha conmovido. He incluso querido ser el jovencito favorito del emperador.

Ahora encuentran una estatua gigantesca de Adriano en Turquía. En unos baños, donde tanta sensualidad debió tener lugar. Muy apropiado.

Los baños ... romanos, árabes o turcos. Vapor y los sueños hechos de él. Jirones que desvelan misterios. O los sugieren. Miradas indiscretas, atenuadas por el calor, la languidez provocada por los súbitos cambios de temperatura. Hombres medio desnudos, en medio de otros hombres. Sombras buscando un destino, aunque dure éste cinco minutos...

Tal vez deberían dejar la gran estatua de Adriano en ese lugar. Tal vez, después de todo, sea el lugar más adecuado. Junto a otra de Antinoo.

martes, 7 de agosto de 2007

Prometí que nunca más

¡Qué débil! Me prometí a mi mismo que nunca más, que no volvería a ocurrir.

Insatisfecho, frustrado después de una experiencia totalmente irrelevante. Mecánica, inhumana. Sexo solo por el sexo. Ni siquiera tuvo calidad, perfección técnica. Aunque he de reconocer que sabía lo que quería. Directo, con posiciones bien estudiadas. Pero era él, era yo: no había "nosotros".

Ni un beso, ni una caricia. Nada, salvo una vacío mayor que cuando entré en su casa.

Y juré que nunca más, que no se repetiría semejante experiencia. Que prefería pasar sin sexo. O tenerlo solo.

Ni tres días tardé. No lo iba buscando. O casi no. Un paseo por el parque, en bicicleta. Tal vez quería ahogar el deseo en el esfuerzo físico. Tal vez quería saciar mi sed con la visión de la gente, de los cuerpos; los olores.

Sentado, leyendo, observaba de vez en cuando. Bien sabía yo que el peligro estaba ahí, que la tentación me buscaba. Pero fue él quien me miró, insistentemente. Fue él quien se acercó, sonriendo. Me tomó la mano tiernamente. Por unos instantes fuimos como adolescentes.

He de confesar que valió la pena. Más tarde, en casa, desnudos, nos entregamos. No solo fue sexo; mi piel todavía recuerda sus besos por todo mi cuerpo.

"Los hados lo dirán", respondí cuando me pidió otra cita. Creo que el recuerdo de este fugaz encuentro es suficiente.

miércoles, 18 de julio de 2007

¿Quién persigue a quién?

¿Será mi subconsciente quien me traiciona, quien realmente me fuerza mostrarme sugerente, invitador, a los desconocidos? ¿Y justamente ahora, cuando tengo pareja?

Las ofertas son múltiples, en cualquier sitio. En los vestuarios de una piscina pública, en la calle al caminar, en un ascensor de un centro comercial, con amigos y antiguos amantes. Tal vez vean en mi cara mi debilidad, mis dudas.

Hoy mismo he tenido que tomar una de las decisiones más difíciles de mi vida adulta desde el punto de vista emotivo. Alto, gallardo, y musculoso, con su pelo largo y moreno parecía una galán de telenovela. El cruce de miradas exploratorio, el medio giro al pasar, como si fuera una verónica. El nuevo giro, descarado, para confirmar lo sabido. La espera unos metros más allá. En mi caso, real, para cruzar la calle. En el suyo, conveniente.

Dudé y dudé. Y casi me angustié al salir de la tienda y verlo allí, displicente, apoyado en el poste de la luz, con la pierna semi doblada mientras jugaba con su pulgar en su boca, con sus carnosos labios. Hombres así deberían estar prohibidos.

Giré y me volví a casa por otro sitio. Me duché... para terminar masturbando pensado en él. Me preguntó qué hizo él. Y qué haremos si el destino nos vuelve a cruzar.

martes, 26 de junio de 2007

El cuello

Me pregunto si es casualidad o no, si me buscas o han sido los hados quienes te empujan (o me guían a mí) y te sientan a mi alrededor, día tras día. Tal vez tengamos los mismos gustos, lo que no dejaría de ser interesante, y buscamos la misma esquina del aula, la parte más obscura...

Ahora, detrás de ti, observo tu cuello mientras simulo atender a la charla. Tu cabello, recortado, deja ver parte del vello que debe continuar en tu espalda. Tiemblo al pensar en ello. Mi boca vuela y se recrea con el contacto imposible, con sentir ese cuello en mis labios, con morderlo.

¿Quién puede prestar atención a otra cosa, cuando te inclinas y me muestras un poco más, cuando quiero creer que lo haces a propósito; que me buscas, que, en algún momento, me encontrarás?

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TAN PROXIMO; TAN LEJANO

Todavia no entiendo, no comprendo.
¿Cómo he resistido tu presencia?
¿Cómo tu calor cercano no ha encendido mi fuego?

En realidad, incandescente.
Y sin embargo, contenido.
Moviéndome en mi silla, desplazando mi cuerpo.
Acunando mis piernas para que, casualmente, toquen las tuya.

La conferencia, irrelevante.
La pantalla solo era el campo de juego,
el lugar donde proyectar mis deseos.
En mi mente, nuestra imagen.
Cuerpos en contacto. Desde atrás, besándote el cuello.

Tan próximo... Inalcanzable.

domingo, 17 de junio de 2007

La tarjeta de embarque

Como mensaje de naufrago


Como un mensaje de un náufrago fue. Sin esperanza, casi sin destino; la última esperanza.

Un número de teléfono en una tarjeta de embarque. Una entrega enfática, con mano y voz temblorosa. Sabía que en cierta medida era inaceptable, era cierto tipo de acoso. Pero, ¡era tan atractivo! Y me miró de aquella manera especial que creí (siempre mi loca imaginación y sus deseos) que él también se había fijado, que me invitaba, que soñaba como yo con un encuentro furtivo.

¿Naufragó el mensaje, como mi deseo? ¿Vió él aquel número? ¿Dudó y no llamó por miedo?

Lo peor, la incertidumbre y la oportunidad perdida.

miércoles, 6 de junio de 2007

Dos miradas

Dos miradas. Enough. Es lo que basta para saber.

Dos, para dos.

La toma de contacto, al cruzarnos, al pasar la calle. Y el giro a medio pelo, disimulando (o tal vez no).

Pero no. Esta vez, no. Ni mi descaro vale para que te percates de mi existencia, de mi deseo. Sin embargo, hubiera jurado que también tu pertenecias al gremio. O tal vez eran mis deseos... El calor empieza a confundirme.





Un bolardo, dondo paraste para mirarme.
Otro, junto al que yo me volvi.
Ambos simulando.
Tu con zapatos, con el movil yo.

Pero honesto, viniste a mi.
Tan seguro, tan alegre

¿Caminaremos juntos ahora?


jueves, 31 de mayo de 2007

Un primer paso

Poesia, sueños, aderezados, tal vez, con alguna que otra experiencia personal. Tal vez un relato que he leido, una historia de un amigo, de un amante.

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